miércoles, 20 de julio de 2011

Un paseo hacia lo desconocido

Decidí salir a dar un paseo. El calor sofocante de la tarde empezaba a amainar y se había levantado algo de brisa. Las campanas del convento acababan de dar las ocho. Era lo bueno y lo malo de vivir allí, siempre sabías la hora que era. Me había acostumbrado a aquella melodía repetitiva que recordaba la huída de cada momento, como si alguien se hubiese empeñado en acentuar el paso del tiempo y, cada vez que comenzabas a olvidarte, subía al campanario que se vislumbra desde el balcón y volvía a emitir aquella señal de nuevo, casi se oía gritar: ¡Eh! ¡Espabila, que el tiempo corre y ya ha pasado otra hora!

Rescaté el bolso olvidado tras la puerta de mi habitación y recogí las llaves de la mesita de la entrada. Cerré la puerta con un mero estirón, no planeaba estar mucho tiempo fuera, pero necesitaba estirar las piernas y me apetecía, simplemente, pasear. Siempre abandono ese piso con algún objetivo concreto: ir al trabajo, al supermercado para hacer la compra, visitar a algún amigo, encontrarme con alguien. En aquel momento, sólo quería caminar. Bajé los escalones del portal saltando los últimos peldaños, embriagada por una inusual sensación de libertad, era algo irracional, pero a la vez placentero.

Una vez afuera, sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, me dejé llevar por la dirección del viento que, levemente, me condujo hacia el centro, dejando a mi espalda la amplia avenida que acompaña al río. Recorrí las calles sin rumbo, buscando la sombra y evitando el tórrido sol estival. Aquella zona me era familiar, hacía ya unos meses que el barrio me había acogido y, en cierta medida, yo también me había apropiado de él, del garaje con la entrada en rampa, del estrecho supermercado, de aquel bar tan agradable para tomar café y ese otro que siempre permanece abierto, donde puedes comprar tabaco cuando el estanco de la plaza ya ha cerrado. Era como una simbiosis, un acuerdo mutuo, donde  ambos tomábamos algo del otro.

En algún momento cercano a las nueve, al girar una esquina para iniciar el regreso a casa, algo me sobresaltó. Ese cruce tantas veces transitado, me pareció de pronto desconocido, cuando al mirar hacia arriba descubrí una casa que nunca había estado allí,  que destacaba sobre las demás por su estilo mucho más moderno y, especialmente, por aquella gran terraza circular cubierta enteramente por enormes cristaleras. Entonces no pude evitar sentirme como una extraña, invadiendo algo que no me pertenecía, aquel lugar no me era tan conocido como pensaba e incluso percibí el olor a desconcierto que  la brisa transportaba. Envuelta en aquel torrente de emociones y paralizada, oí el repicar de las campanas que me trajeron de vuelta y me tranquilizaron. Ahora parecían decir: Tranquila, estás aquí, sigues en el mismo sitio y todo está bien. Bajé la vista, cegada por el reflejo de la luz que proyectaban los cristales y volví a casa guiada por el sonido familiar.

Desde entonces, y aún hoy, cuando salgo a pasear sé que cualquier cosa puede tornarse desconocida, que siempre hay algo nuevo que descubrir, detalles, unas veces casi imperceptibles, otras muchas como grandes cristaleras en las que nunca nos hemos fijado, que parecen surgir de la nada, como si alguien simplemente las hubiese puesto ahí porque no tuviese lugar mejor donde colocarlas, porque quizás vemos lo que queremos o nos permitimos ver, pero rara vez conocemos algo como verdaderamente es.