lunes, 24 de marzo de 2014
domingo, 23 de junio de 2013
Perfume
Algo ha muerto hoy.
La inocencia, la juventud, un sueño.
Uno más, uno menos.
Hay días en los que no ocurre nada y todo pasa.
La vida presurosa, te empuja, te arremete, para seguir adelante, inconsciente. Todo se ha parado, pero nada espera.
Y el mundo se aprieta detrás del cristal, pidiendo entrar a gritos, rompiendo en pedazos y haciendo añicos a su vez lo que está fuera, la visión nítida que se vislumbra desde dentro.
Yo me vuelvo a sentar a escribir aquí, desde una nueva ventana que me cobija hoy, que ya no es la misma de ayer ni, aunque se asemeje, será desde la que otearé mañana.
Las mismas luces, la misma avenida, años después. Y todo ha cambiado. Como yo, como lo que soy, lo que era y lo que fuí. ¿Qué seré?
Seré la chica que escribe detrás del cristal. Porque si alguna certeza tengo a pesar de todo,es que ya no puedo levantarme de aquí. Que debo de seguir, acechando, tras el cristal. Porque el mundo, global, majestuoso, opulento, acometedor, belicoso, tan sólo es soportable en la sutileza de sus pequeños detalles.
Y esto no cambiará, igual que no puede corregirse este texto, porque esto es vida, incorregible, irreplegable, circunstancial, absoluta.
La inocencia, la juventud, un sueño.
Uno más, uno menos.
Hay días en los que no ocurre nada y todo pasa.
La vida presurosa, te empuja, te arremete, para seguir adelante, inconsciente. Todo se ha parado, pero nada espera.
Y el mundo se aprieta detrás del cristal, pidiendo entrar a gritos, rompiendo en pedazos y haciendo añicos a su vez lo que está fuera, la visión nítida que se vislumbra desde dentro.
Yo me vuelvo a sentar a escribir aquí, desde una nueva ventana que me cobija hoy, que ya no es la misma de ayer ni, aunque se asemeje, será desde la que otearé mañana.
Las mismas luces, la misma avenida, años después. Y todo ha cambiado. Como yo, como lo que soy, lo que era y lo que fuí. ¿Qué seré?
Seré la chica que escribe detrás del cristal. Porque si alguna certeza tengo a pesar de todo,es que ya no puedo levantarme de aquí. Que debo de seguir, acechando, tras el cristal. Porque el mundo, global, majestuoso, opulento, acometedor, belicoso, tan sólo es soportable en la sutileza de sus pequeños detalles.
Y esto no cambiará, igual que no puede corregirse este texto, porque esto es vida, incorregible, irreplegable, circunstancial, absoluta.
sábado, 15 de octubre de 2011
Cuando volvió fue lo primero que pensó. Dejó el equipaje en su antigua habitación, cogió la bicicleta oxidada y pedaleó jadeante por el camino de tierra, sin volver la vista atrás, mientras dejaba el pueblo a su espalda.
Atravesó a pie algunos matorrales. La vegetación había espesado en su ausencia. Tras apartar las ramas vencidas de un viejo castaño que aún creía recordar la vía se apareció ante él. Seguía allí, esprándole, kilómetros inagotables de sólido y consistente acero, ya en desuso, que parecían extenderse hacia el infinito.
Subió al raíl. La superficie era estrecha, se sentía inestable. Abrió los brazos para mantener el equilibrio y caminó.
Aparecieron algunas nubes, tornando el cielo azulado de finales de verano en un gris verdoso y comenzó a caer un ténue chisporroteo, pero siguió avanzando.
Tras algunos metros se abría aquella curva. Ya no sentía miedo, sólo curiosidad -¿qué habría detrás?-. Una necesidad apremiante le empujaba a seguir. Al fondo le pareció escuchar el silbido de un tren. No miraría atrás -se se dijo- seguiría avanzando.
Atravesó a pie algunos matorrales. La vegetación había espesado en su ausencia. Tras apartar las ramas vencidas de un viejo castaño que aún creía recordar la vía se apareció ante él. Seguía allí, esprándole, kilómetros inagotables de sólido y consistente acero, ya en desuso, que parecían extenderse hacia el infinito.
Subió al raíl. La superficie era estrecha, se sentía inestable. Abrió los brazos para mantener el equilibrio y caminó.
Aparecieron algunas nubes, tornando el cielo azulado de finales de verano en un gris verdoso y comenzó a caer un ténue chisporroteo, pero siguió avanzando.
Tras algunos metros se abría aquella curva. Ya no sentía miedo, sólo curiosidad -¿qué habría detrás?-. Una necesidad apremiante le empujaba a seguir. Al fondo le pareció escuchar el silbido de un tren. No miraría atrás -se se dijo- seguiría avanzando.
martes, 11 de octubre de 2011
Los días están contados, no hay más que temer
Los días están contados
no hay más que temer.
Tan solo seremos libres
cuando no haya más que perder.
Se lo llevó la tormenta y el tiempo.
(Vetusta Morla)
http://youtu.be/KWtITuQ5lSo
no hay más que temer.
Tan solo seremos libres
cuando no haya más que perder.
Se lo llevó la tormenta y el tiempo.
(Vetusta Morla)
http://youtu.be/KWtITuQ5lSo
domingo, 7 de agosto de 2011
Romeo y Julieta, acto II, escena VI
Los placeres violentos terminan en la violencia,
y tienen su triunfo en su propia muerte,
del mismo modo que se consumen el fuego y la pólvora
en un beso voraz.
miércoles, 20 de julio de 2011
Un paseo hacia lo desconocido
Decidí salir a dar un paseo. El calor sofocante de la tarde empezaba a amainar y se había levantado algo de brisa. Las campanas del convento acababan de dar las ocho. Era lo bueno y lo malo de vivir allí, siempre sabías la hora que era. Me había acostumbrado a aquella melodía repetitiva que recordaba la huída de cada momento, como si alguien se hubiese empeñado en acentuar el paso del tiempo y, cada vez que comenzabas a olvidarte, subía al campanario que se vislumbra desde el balcón y volvía a emitir aquella señal de nuevo, casi se oía gritar: ¡Eh! ¡Espabila, que el tiempo corre y ya ha pasado otra hora!
Rescaté el bolso olvidado tras la puerta de mi habitación y recogí las llaves de la mesita de la entrada. Cerré la puerta con un mero estirón, no planeaba estar mucho tiempo fuera, pero necesitaba estirar las piernas y me apetecía, simplemente, pasear. Siempre abandono ese piso con algún objetivo concreto: ir al trabajo, al supermercado para hacer la compra, visitar a algún amigo, encontrarme con alguien. En aquel momento, sólo quería caminar. Bajé los escalones del portal saltando los últimos peldaños, embriagada por una inusual sensación de libertad, era algo irracional, pero a la vez placentero.
Una vez afuera, sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, me dejé llevar por la dirección del viento que, levemente, me condujo hacia el centro, dejando a mi espalda la amplia avenida que acompaña al río. Recorrí las calles sin rumbo, buscando la sombra y evitando el tórrido sol estival. Aquella zona me era familiar, hacía ya unos meses que el barrio me había acogido y, en cierta medida, yo también me había apropiado de él, del garaje con la entrada en rampa, del estrecho supermercado, de aquel bar tan agradable para tomar café y ese otro que siempre permanece abierto, donde puedes comprar tabaco cuando el estanco de la plaza ya ha cerrado. Era como una simbiosis, un acuerdo mutuo, donde ambos tomábamos algo del otro.
En algún momento cercano a las nueve, al girar una esquina para iniciar el regreso a casa, algo me sobresaltó. Ese cruce tantas veces transitado, me pareció de pronto desconocido, cuando al mirar hacia arriba descubrí una casa que nunca había estado allí, que destacaba sobre las demás por su estilo mucho más moderno y, especialmente, por aquella gran terraza circular cubierta enteramente por enormes cristaleras. Entonces no pude evitar sentirme como una extraña, invadiendo algo que no me pertenecía, aquel lugar no me era tan conocido como pensaba e incluso percibí el olor a desconcierto que la brisa transportaba. Envuelta en aquel torrente de emociones y paralizada, oí el repicar de las campanas que me trajeron de vuelta y me tranquilizaron. Ahora parecían decir: Tranquila, estás aquí, sigues en el mismo sitio y todo está bien. Bajé la vista, cegada por el reflejo de la luz que proyectaban los cristales y volví a casa guiada por el sonido familiar.
Desde entonces, y aún hoy, cuando salgo a pasear sé que cualquier cosa puede tornarse desconocida, que siempre hay algo nuevo que descubrir, detalles, unas veces casi imperceptibles, otras muchas como grandes cristaleras en las que nunca nos hemos fijado, que parecen surgir de la nada, como si alguien simplemente las hubiese puesto ahí porque no tuviese lugar mejor donde colocarlas, porque quizás vemos lo que queremos o nos permitimos ver, pero rara vez conocemos algo como verdaderamente es.
lunes, 11 de julio de 2011
Qué esconderá la Luna
27 días, 7 horas y 43 segundos tarda la Luna en dar una vuelta a la Tierra. Y siempre la vemos igual, sólo nos presenta una de sus caras. “La luna no es de fiar”, pienso mientras observo aquel cuerpo luminoso, lejano, solitario en ausencia de estrellas que la acompañen, en esta oscura y calurosa noche de julio.
“¿Qué esconderá por el otro lado?”. Algo muy grave tiene que ocultar, para mostrarnos siempre esa apariencia perfecta. Quizás pertenezca a una noble familia, tiene que ser alguien importante, sin duda, siendo el quinto satélite más grande del Sistema Solar, con tanta responsabilidad sobre las mareas, esa tarea no puede desempeñarla cualquiera… “¿Qué no querrá mostrar?” Quizás alguna vez, en su larga vida, se enamoró de alguien, un meteorito, puede ser. Ya sabéis, un amor de esos fugaces, incluso inapropiado para su clase, de los que te dejan marcada para siempre, y eso es precisamente lo que esconde, la cara del desengaño, la que no nos deja ver. A lo mejor el meteorito pasó fugazmente, como es propio de su naturaleza, y la Luna no pudo evitar desear que se quedase. Qué tonta la Luna. Pero qué triste debe ser, en verdad, su devenir. Tanto tiempo, moviéndose en círculo, dando vueltas y vueltas sobre lo mismo, la Tierra, los hombres, el panorama que debe verse desde ahí arriba. Y siempre mostrando una intachable presencia, brillando para nosotros, ocultado su tristeza con su apariencia perfecta.
Me alegra que en esta noche de julio no puedan verse las estrellas, te contemplo a ti, Luna, mientras sonrío e imagino también la fugacidad de su vuelta.
jueves, 30 de junio de 2011
¿Merece la pena esperar?
"Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiera llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo".
Antonio Muñoz Molina
miércoles, 25 de mayo de 2011
The show must go on
No se despertó por la alarma del despertador, tampoco del teléfono móvil; fue el sol que entraba por la ventana anunciando lo avanzado del día el que le obligó a abrir los ojos. "Por fin sábado", pensó. Al igual que el sueño de aquella noche, atrás habían quedado el viernes, jueves, miércoles, martes y lunes de aquella semana. Se levantó y se calzó las zapatillas. "The show must go on", pensó. Pulsó el play y el sonido invadió la estancia, mientras aquella luz, como transportada por la arena del reloj que giramos para dar inicio a un nuevo tiempo, se deslizaba sigilosa por el piso de la habitación.
http://youtu.be/4ADh8Fs3YdU
http://youtu.be/4ADh8Fs3YdU
sábado, 14 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
Momentos escritos
Hay quienes creen que la literatura suscita situaciones; que cuando escribimos, aquellas palabras que plasmamos en el papel o la pantalla y que describen hechos, sucesos, acciones y decisiones de los personajes, tarde o temprano terminan ocurriendo en la realidad. Pero al fin y al cabo, ¿qué escribimos?, ¿sobre qué y quiénes escribimos? Lo hacemos, ni más ni menos, sobre personajes que pueden ser tan reales como tú o como yo, sobre situaciones que pueden ocurrir en la vida real, tendemos a la verosimilitud.
¿Quién no ha leído algo y se ha sentido identificado? ¿Acaso somos tan diferentes los unos de los otros? ¿No es la literatura tan universal como para ser entendida y aceptada (salvando las diferencias del lenguaje) en cualquier lugar? Al margen de ciertas diferencias culturales, ¿qué más da dónde se geste una historia? Lo que se escribe, en muchos casos, tiende a ser tan real como la propia vida y por tanto, puede suceder.
Escribimos sobre momentos de nuestra existencia, de la que podría ser tuya. Momentos que ocurren a nuestro alrededor, como ocurre la vida a veces, mientras la vemos pasar. Momentos de despedida, aunque sea yo, en este caso, la que se marcha ahora, bajando la calleja estrecha.
lunes, 2 de mayo de 2011
Vuelta en tren
A veces nos vemos atrapados en un instante. Una espiral enrevesada que nos arrastra hacia el centro. Pero al igual que la niebla se disipa cuando avanza el día, tras ese momento, irrepetible y decisivo, logramos ver más allá y recuperamos, al fin, una visión más o menos nítida del exterior.
"Stuck in a Moment"
...You've got stuck in a momentAnd you can't get out of it...
It's just a momentThis time will pass
U2
"Stuck in a Moment"
...You've got stuck in a momentAnd you can't get out of it...
It's just a momentThis time will pass
U2
Varios efectos del amor
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso,
no hallar, fuera del bien, centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño ;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.
Lope de Vega.
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso,
no hallar, fuera del bien, centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño ;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.
Lope de Vega.
Mi estrella
Una vez alguien me regaló una estrella. Dentro del pack, en un mapa astronómico, se señalaba un pequeño punto con mi nombre y una fecha. Así, me dijo entonces, podría verme cada vez que mirase al cielo, aun a millones de kilómetros de distancia. Hoy, a más de 570 días de viaje estelar, parece apagada, pero cuando la noche es clara, se percibe una tenue luz que siempre alumbra al mismo lugar, a tí, al que que sabe exactamente donde está.
Viajero errante
Vivía de estación en estación, sin reserva de billete ni asiento fijo. Siempre subía en el último aviso para arrepentirse después, nada más ponerse en marcha, de no haber subido al tren que veía partir desde el otro andén.
Despertar
Corro por este túnel oscuro con la única compañía del eco estridente de mis pasos. Me dejo guiar por la luz del fondo, no puedo ver nada más, no recuerdo nada, ni quién soy, qué hago aquí o qué deseo en la vida, ni siquiera sé si estoy viva. ¿Estoy viva? Entonces recuerdo que quiero vivir, anhelo algo. Lo deseo con todas mis fuerzas y me aferro a ese sueño, a esa certeza. De pronto la luz se desvanece, y aunque sigo avanzando, cada vez es más lejana, se retira como el agua espumosa del mar, una ola obediente que retrocede en la orilla. Ya no oigo mis pasos, sino un rítmico sonido electrónico. Y me pesan los párpados, sé que tengo los ojos cerrados. Con la misma fuerza que me aferro a ese anhelo intento abrirlos. Y ahí estás tú, por fin lo recuerdo todo: mi única certeza, me das la bienvenida con lágrimas de alegría.
Momento de despedida
Qué absurdo sería preguntarte por qué, mientras caminas con ojos turbios y empañados. De qué serviría, pararte en este instante y besarte con todas las fuerzas que no me quedan. Sé, que cuando suene la última campana te irás, como siempre, bajando la calleja estrecha. Y yo me quedaré esta vez, viéndote marchar, aguardando impaciente el paso de esta hora fugaz. Bastará una vuelta, no más, y te habrás ido para siempre.
Desafío
Tanto tiempo ocultando aquel secreto, entre risas, manteniendo esa incógnita burlona, sosteniendo mi mano sobre la tuya. Y hoy, mientras paseamos bajo el sol, se apaga tu voz y te desplomas, inerte, para desvelarme tu misterio, el que ya sé, el que no quiere irse contigo como yo no quiero que te vayas. Junto a mi cuerpo, mi sombra da cobijo al tuyo derramado sobre la arena. Tan quieto, tan callado. Me aparto para que te llegue la luz, como si fuese todo lo que necesitaras para levantarte y volver a tomar mi mano. “Vamos, despierta que ya es de día” Y gruñirías, tus pupilas azules asomarían entre dos leves rendijas de pestañas infinitas y te reirías. Pero el sol se está poniendo y sé que no vas a despertarte, como sé aquello que no querías desvelarme. Me quedo allí, mirándote, vacía mi mano y vacía por dentro. Te has ido y no me dejas nada, ni tu sombra, a pesar de los rayos que nos bañan, ni tu recuerdo que me dejará pronto, como tu voz risueña. Tú, misterio, hombre sin sombra, hombre que no deja recuerdo, te desafío, a ti y a tu secreto, mientras escribo esto.
Cardiograma
Las tardes en una plaza, risas y gritos, un beso en un banco, un vuelo, el despegue, cosquillas en el estómago, la Torre Eiffel, frío, la graduación, nervios, un paseo por Las Ramblas, el chocolate más delicioso, el Big Ben, una foto junto a él, el ascenso, emoción, una comida familiar, el piso nuevo, la esquina de aquella plaza lloviendo, impotencia, la sombra de su cuerpo dormido a la luz de una vela, la última puesta de sol. Y el aliento se le escapa, como aquella noche cuando apagó la llama, y la línea que marca su vida se funde, paralela a aquel horizonte naranja.
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